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Cuando se padece alergia al frío...

Con 18 años, Diana comenzó a notar que cuando llegaba el invierno, le picaba mucho la piel, le salían ronchones y sentía que el cuerpo le ardía, una sensación que fue en aumento y ya no solo cuando la temperatura ambiental bajaba. También en verano, al meterse en la piscina sufría una tremenda quemazón en el cuerpo, mientras los médicos le decían que sería un exceso de sensibilidad.

«El aire acondicionado de la oficina o del autobús me provocaba un dolor inmenso en las manos. De igual modo me salían habones. Era un dolor insufrible, pensaba que estaba loca», asegura. Ante la ausencia de un diagnóstico claro, decidió indagar en Internet para descubrir una patología poco conocida que responde al término «urticaria a frigore» o lo que coloquialmente se define como alergía al frío.

«Cuando al final di con un alergólogo experto en la materia alucinó que no me hubieran puesto un tratamiento antes, ya que podría haberme dado un shock anafiláctico. Es más, en una de las consultas a las que fui antes de dar con el alergólogo en cuestión me dijeron que, como estaba dando el pecho a mi hijo, era mejor que siguiera sin tomar nada», explica.

Tuvieron que pasar veinte años para que la pusieran en tratamiento. «Al principio me recetaban unos antihistamínicos que no hacían nada, para más inri, un especialista me dijo que por si acaso llevara siempre conmigo una inyección de adrenalina por si acaso me daba una. Vivía atemorizada a que me ocurriera algo», reconoce Diana, para quien lo más grave no es lo que experimenta su piel al entrar en contacto con el aire frío, sino la ingesta de alimentos a baja temperatura: «no puedo comer nada del frigorífico, bebidas con hielo, helados... Desde hace un año que estoy en tratamiento todo va mejor y ya puedo hacer una vida casi normal, pero hasta llegar a este punto he vivido un auténtico infierno», relata.

Para determinar el nivel de alergia al frío que presenta Diana la sometieron a un «temp test», una prueba con la que se mide el umbral a partir del cual su cuerpo es intolerante a las bajas temperaturas. El de Diana está en los 15º C, por debajo de esta cifra su cuerpo empieza a reaccionar y provocar diferentes problemas y desajustes.

«Se desconoce la causa última de esta enfermedad. En algunos pacientes puede haber un factor hereditario (genético). Sin embargo, lo más frecuente es que no haya antecedentes familiares claros del mismo problema. Por otra parte, no se conoce con exactitud el porcentaje de población española que la padece. Un estudio apunta a que llega a producirse en 1 de cada 2.000 personas del centro de Europa. Si bien se considera una forma poco común de urticaria crónica, llega a representar un 3% de las urticarias crónicas», explica Alejandro Martín-Gorgojo, dermatólogo de Clínica Dermatólogica Internacional.

Aunque está considerada una forma de urticaria crónica, según apunta este experto, «las publicaciones existentes explican que puede remitir (mejorar espontáneamente) en una proporción significativa de pacientes en el plazo de nueve años desde su diagnóstico, sin que sea frecuente que vuelva a reactivar la enfermedad».

Más allá del padecimiento físico, se encuentra la estigmatización del paciente al explicar su enfermedad.

«Lo más frecuente es que esta enfermedad aparezca en adultos jóvenes y lo fundamental es recibir atención y seguimiento médico para someterse a un tratamiento efectivo y seguro. La anafilaxia (reacción alérgica grave) es la complicación más grave de la urticaria a frigore: si existe sospecha de la misma, se debe acudir a urgencias», recomienda Martín-Gorgojo.

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