Una de cada tres personas con problemas respiratorios sufre situaciones de estrés

Con el coronavirus convertido en el centro de atención a nivel mundial, se han puesto en jaque otras infecciones respiratorias, muy presentes en esta fase final del invierno comienzo de la primavera. Se trata de catarros, gripes, bronquitis, asma bronquial que podrían desembocar en cuadros de estrés y ansiedad, debido al incremento del miedo a que se agrave el estado de salud.

Aunque se trata de patologías que se dan tanto en la población adulta como la infantil, son los mayores quienes más sufren los efectos del estrés provocados por el empeoramiento en su estado de salud y, con la irrupción del Covid-19, se espera que aumenten los casos de nerviosismo y ansiedad en personas con problemas respiratorios crónicos.

A nivel orgánico, la propia dificultad en la incorporación de aire al organismo nos produce incomodidad y cansancio por la escasez de oxígeno y el esfuerzo necesario para obtener el que logramos incorporar; pero a nivel cognitivo nos produce sensación de ahogo, y esta percepción de situación comprometida nos puede llegar a asustar por las consecuencias que puede tener la falta de aire.

Con una menor entrada de oxígeno en cada inspiración, el corazón se verá obligado a aumentar su frecuencia de bombeo para trabajar más deprisa y lograr la oxigenación imprescindible del organismo, al menos de los órganos vitales, lo que producirá vasoconstricción y el flujo periférico disminuirá, aumentando la presión arterial y las taquicardias.

Cuando el corazón late de manera coherente incrementa su frecuencia durante la inspiración para repartir el oxígeno al organismo y disminuye su frecuencia para ahorrar energía durante la exhalación, este ritmo informa al cerebro para que reduzca las hormonas del estrés y aumente las del bienestar.

Según los expertos, ante un estímulo de alerta como falta de aire por causa de una dolencia respiratoria, el cerebro se activará y enviará señales al corazón, que latirá de manera rápida e irregular, mientras el sistema se estará retroalimentando con información que indica más peligro y fortaleciendo el círculo vicioso del estrés.

De esta manera, percibiremos los síntomas en nuestro cuerpo en forma de palpitaciones, sudoración, dificultad respiratoria… y generaremos más reacción fisiológica, superando los niveles iniciales y desencadenando una respuesta de pánico con un nuevo análisis cognitivo en el que la posibilidad del riesgo será aún mayor.. y así sucesivamente, hasta llegar a provocar un colapso físico en el peor de los casos.

En el caso concreto del coronavirus, es comprensible que ante una enfermedad que sigue planteando incógnitas, los pacientes respiratorios estén especialmente preocupados, de forma que el paciente con dificultades respiratorias sabe que el coronavirus agravará su dolencia y que las complicaciones pueden tener consecuencias fatales.

A la percepción de la falta objetiva de oxígeno y a la dificultad en el mecanismo de la respiración y la respuesta de retroalimentación, se le añade la información que todos manejamos de la rapidez de propagación y de la gravedad para las personas con patologías previas, una información que aumenta la percepción del peligro, pero es imprescindible para que sigamos las recomendaciones realizadas por las autoridades competentes.

Con la activación del sistema nervioso simpático se ven afectados los sistemas digestivo, nervioso, cardiovascular y muscular... pero también se ve aumentado el riesgo de depresión, ansiedad, fatiga, trastornos digestivos, aumenta el riesgo de accidentes cardiovasculares y los bajos estados de ánimo, lo que predispone para el empeoramiento de todo tipo de enfermedades y debilita el sistema inmune.

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