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Los fraudes alimentarios podrían provocar alergias

Carne podrida, pasta de gambas mezclada con pesticidas, alcohol adulterado con metanol o atún inflado de aditivos. Este menú de la muerte refleja solo una parte de la instantánea con la cual se encontraron los agentes de Europol e Interpol el año pasado en su última acción contra el fraude alimentario, denominada Opson VII.

La Red de la Unión Europea contra el Fraude Alimentario, participó el año pasadoen algunas de las investigaciones de la policía europea que se cerró con la confiscación de más de 3.600 toneladas de alimentos y bebidas falsificadas. Esta Red permite a los Estados miembros intercambiar información de manera rápida, además de brindar un sistema de cooperación y asistencia cuando el delito tenga carácter transfronterizo y las autoridades nacionales no cuenten con las herramientas para perseguirlo.

Aunque la mayoría de los fraudes esté vinculada al etiquetado, esto no excluye que detrás haya más delitos, ya que los crímenes pueden producirse y acumularse a lo largo de toda la cadena alimentaria. Se trata de una práctica difícil de detectar y de extirpar, que puede conllevar serios riesgos para la salud pública y que cada año le cuesta a la industria global entre 30.000 y 40.000 millones de dólares, sin contar el daño que provoca en la confianza del consumidor y en la reputación del sector alimentario.

En Europa, el escándalo de la carne de caballo y los huevos contaminados con fipronil representaron dos puntos de inflexión, hasta que llegó el otro hito en forma de investigación que destapó un caso masivo de atún adulterado, que involucró directamente a España y propició la intervención de la Comisión Europea en la operación Opson VII. Los defraudadores inyectaban adictivos a los pescados, conservados a temperaturas inadecuadas para ser comercializados como productos frescos, para que tuvieran un color rojo brillante y el consumidor no percibiera el engaño.

El verano pasado, policía y guardia civil decomisaron cientos de toneladas de jamones y otros derivados cárnicos que estaban caducados o en mal estado, cuya fecha de caducidad o consumo preferente había expirado y había sido manipulada a través de una falsificación en el etiquetado.

En el mejor de los casos, los productos falsificados no llegan a comercializarse o representar un riesgo para la salud, pero los consumidores no siempre cuentan con esta suerte. En Indonesia fallecieron más de 60 personas por ingerir alcohol adulterado en abril del año pasado, y en Bulgaria al menos 12 personas se contagiaron por comer carne de cerdos afectados por una enfermedad parasitaria causada por lombrices.

El negocio del fraude alimentario es tan lucrativo que sus tentáculos llegan hasta grandes organizaciones criminales. En Italia, donde existe un observatorio sobre la criminalidad en la agricultura, se habla de agromafia. Según la principal asociación de productores agrícolas transalpina, Coldiretti, esta actividad ilegal aumentó su facturación en el último año en más de un 12 %, hasta los 24,5 millones de euros.

En un mundo dominado por las nuevas tecnologías y las redes sociales, nadie puede escaparse de las noticias falsas. Tampoco el sector alimentario. Entre los bulos alimentarios más sonados en este ámbito está la carne llena de antibióticos, la comida orgánica que reduciría en un 25 % el riesgo de cáncer o los garbanzos que producen el mismo efecto que el prozac.

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